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Discurso de instalación de la Asamblea Constituyente
Noviembre 29, 2007 | Por: Alberto Acosta |
El camino hacia la Asamblea Constituyente
Hoy, en la tierra que vio nacer al general Eloy Alfaro, adalid de las libertades en Ecuador y uno de los mayores luchadores por la integración latinoamericana, comienza una nueva etapa en la historia del Ecuador. Hoy se materializa la gran promesa que dio inicio a este proceso, y se consolida una gran victoria, no de un movimiento político, sino de un pueblo que volvió a creer que otro Ecuador sí es posible. Otro Ecuador en esencia libre, justo y equitativo.
Hace un año, incluso menos, muchos veían la llegada de este día como algo imposible y auguraban un rotundo fracaso al proyecto de la Revolución Ciudadana y, por cierto, días sombríos para el Ecuador. Nadie podía imaginar que en tan sólo un año, el Ecuador unido, organizado y esperanzado iba a conseguir una victoria tan clara, derrotando una y otra vez a toda esa gama de grupos de poder que tradicionalmente han controlado los destinos de la nación, demostrando que el pueblo quiere un cambio, que el pueblo cree en un cambio. Al respecto, las palabras de Eloy Alfaro se revelan casi proféticas: “La libertad no se implora de rodillas, se conquista en los campos de batalla”. Sólo que hoy las batallas son de ideas, los campos de batalla son campos democráticos, y las mejores armas son las de la razón.
No ha sido un camino fácil, pues las fuerzas de la oposición se han mostrado feroces en cada uno de sus ataques y desde cada una de sus trincheras, pero con orgullo podemos decir que hemos abierto el camino hacia un cambio democrático, radical y definitivo para la historia del país, y lo hemos hecho sin que se derrame ni una sola gota de sangre. Y eso es algo que no tiene precedentes.
La Asamblea Constituyente como la oportunidad de cambio
Pese a ello, aun hoy no faltan quienes anticipan en la Asamblea Constituyente de Montecristi una nueva reedición de fallidas asambleas pasadas, o una réplica inútil de un congreso ruin, con muy poco que contribuir para un cambio real. Con esta nueva Constitución, la número veinte, el Ecuador demuestra, es cierto, una enorme capacidad para escribir constituciones y al mismo tiempo, para irrespetarlas.
Algunos afirman -y no sin algo de razón- que una nueva Constitución es únicamente un libro, y que por sí sola no va a hacer diferencia alguna.
Pero la Constitución no es únicamente un libro; desde sus primeros antecedentes históricos la constitución es la carta de derechos: el límite que los ciudadanos y las ciudadanas comunes y corrientes le imponen al poder. En el Estado Moderno la Constitución se erige en el Contrato Social, el acuerdo a través del cual una sociedad decide organizarse. A partir de las revoluciones y las luchas de nuestro continente las constituciones van más allá: señalan derechos, organizan el poder; pero además se convierten en la guía de las obligaciones primarias del Estado y de la gestión pública.
Hoy estamos frente a un momento que incluso nos exige redefinir el contenido y los objetivos de una constitución: en la historia del Ecuador las constituciones (y hemos tenido varias) han sido el mecanismo para afianzar el status quo; hoy, por segunda vez en la historia un proceso constituyente se propone como un mecanismo de transformación radical y profunda. La primera vez que una constituyente se propuso en ese sentido fue precisamente la del general Alfaro y esa es la posta que hoy tenemos la responsabilidad de tomar. Un siglo después, muchas cosas han cambiado en el Ecuador; muestra de eso hoy en esta Asamblea están presentes mujeres, jóvenes, indios, afroecuatorianos. Hoy, a diferencia de la primera constitución que el Ecuador redactó, no es necesario ser varón o propietario para representar a la República…
Un siglo después de la gran revolución política de nuestra historia: la Revolución Liberal, tenemos frente a nosotros un inmenso desafío… hacer la revolución a través de la democracia, la participación, la paz. La búsqueda de igualdad, de justicia, de libertad, de equidades es hoy tan vigente como cuando provocó que el general Alfaro escriba un nuevo capítulo de la historia del Ecuador y América Latina… hoy, hombres y mujeres comunes, millones de ecuatorianos trataremos de provocar esas transformaciones y construir un Ecuador de justicia.
La Constitución entonces no es sólo un libro, es nuestro proyecto de vida en común, un proyecto en el que cabe la diversidad, la riqueza y la heterogeneidad del Ecuador. Un proyecto común que recoge las conquistas de nuestra historia y aprende de sus errores; un proyecto en común que nos permita mirar juntos un futuro digno para todos y todas.
En otras palabras, lo que hace a la Constitución trascendente es precisamente el proceso constituyente: es decir todo ese camino recorrido y por recorrer hasta su definición. Y por supuesto en la etapa posterior, cuando la sociedad asume como propios los derechos y los deberes que se derivan de la Constitución.
Ha llegado la hora de cambiar la lógica perversa de un texto amplio y progresista en derechos pero de una realidad que no se acerca a esa lista de declaraciones. ¿Cómo hacerlo? ¿Con quién hacerlo?
Si este proceso constituyente involucra de forma profunda y directa a la gran mayoría de la población, y ésta a su vez se adueña del proceso constituyente, se puede esperar una Constitución que vaya más allá de una simple descripción de los lineamientos generales del rumbo de una sociedad. Debemos buscar y obtener un verdadero pacto social en el que las grandes mayorías, pero también las minorías se reconozcan y reconcilien.
La ausencia de procesos constituyentes participativos es quizá la principal razón del fracaso de la mayoría de las constituciones pasadas: las grandes mayorías nunca lograron involucrarse en el proceso de cambio: a ojos del pueblo, las constituciones no han sido más que simples libros describiendo normas abstractas, para muchos desconocidas. Libros vacíos de contenido, carentes de alma y espíritu renovador y creador.
Por qué esta vez será diferente
¿Por qué esta vez habría de ser diferente? ¿Qué hará a esta nueva Constitución “mejor” que las anteriores? ¿Y qué hará a esta Asamblea diferente de las anteriores?
Pues esta vez será diferente, porque el proceso esta vez es diferente. No se trata, como en 1998, de una asamblea que a la gran mayoría del país le resultaba indiferente, una asamblea acuartelada. Recordemos que esa Constitución, la actual, la vigente, de hecho se elaboró en un cuartel, en la Academia de Guerra del Ejército, alejada de la sociedad. Y esa Constitución tuvo como insumo básico la Constitución de 1978, que a su vez surgió de un referéndum organizado por la dictadura militar para que escojamos entre la Constitución de 1945 reencauchada por un grupo de notables y una nueva elaborada por otro grupo de notables, ambas con no poca influencia de los grupos de poder.
Esta vez no llegamos a la Asamblea Constituyente como resultado de un acto dictatorial o de una lucha fratricida donde el lado vencedor busca imponer su voluntad sobre los vencidos. Por el contrario, se trata de un largo proceso de aprendizaje, iniciado -en su época más reciente- quizá desde el retorno a la democracia en 1979, en el que el pueblo ha probado todos los colores y sabores que ofrece el espectro político nacional, pero insatisfecho, nunca ha repetido una mala decisión, pues ningún partido ha ganado la Presidencia más de una vez, demostrando que el pueblo no olvida; que en democracia, el pueblo castiga a quienes lo defraudan; y sobre todo, que el pueblo aprende de su propia historia y por qué no decirlo, de sus propios errores.
Este aprendizaje político ha tomado fuerza y velocidad en los últimos años, manifestándose a través de un cambio con raíces profundamente democráticas, un cambio alegre, casi festivo que ha ido sumando voluntades individuales y colectivas hasta convencer al 82% de la población nacional, que en abril pasado convocó a esta Asamblea Constituyente. Y me atrevería a decir que se trata de un proceso que ha logrado despertar en el país quizá más atención y pasión que el mismo campeonato nacional de fútbol, lo cual ya es decir mucho en este país tan futbolizado…
Así que lo que distinguirá a esta Asamblea de las anteriores, no será la calidad ni la composición de los y las asambleístas, exclusivamente. Será la participación activa, permanente, vigilante y comprometida de todos los ecuatorianos y de todas las ecuatorianas. Por primera vez, las condiciones sociales, políticas, e incluso tecnológicas están dadas para que esto sea posible. Esta Constitución no será elaborada en cenáculos de “especialistas”, sin participación de la ciudadanía. Y por ello no será una Constitución ajustada a las demandas de la coyuntura y menos aún de los grupos de poder. No impulsamos una Constitución elaborada como traje a la medida para un gobierno determinado Y tampoco una Constitución subordinada a los intereses de los poderes fácticos. La nuestra será la constitución del Ecuador, para los ecuatorianos y las ecuatorianas.
Así como el papel de la ciudadanía se ha transformado, también es necesario un cambio en la actitud de la ciudadanía, así como en la forma de hacer política por parte de los partidos y movimientos políticos, y particularmente de los asambleístas. Es necesario rescatar la política y repolitizar la sociedad.
No hay más espacio para el pensamiento único. No podemos seguir creyendo que el consumismo -y con él la lógica del mercado- sea la razón de la historia. Superemos aquellas visiones simplonas que pretenden hacernos creer que la sociedad puede entenderse siempre desde aquella perspectiva consumista y que todo puede ser mercantilizado.
La necesidad de un cambio de actitud
El buen desempeño de la Asamblea requiere una nueva actitud política de los y las asambleístas y de todos los ciudadanos y las ciudadanas. Incluso aquellos ciudadanos y ciudadanas que no creyeron en la Asamblea, por el bien de la Patria, deben dejar de apostar a su fracaso. Les invitamos a arrimar el hombro y a aportar cívicamente para que este empeño tenga el mayor éxito posible. Quienes desde un inicio apoyaron la instalación de la Asamblea en cambio, deben mantenerse vigilantes de que el proceso cumpla con sus expectativas, pues se trata de un momento histórico demasiado importante como para quedar sólo en manos de los 130 asambleístas.
En cuanto a nosotros, los asambleístas que formamos parte de la mayoría, tengamos presente a cada momento que la democracia es para todos y para todas. Tenemos que aceptar y asimilar que ganar el favor de la mayoría no es igual a ganar el favor de todo el pueblo. Es imperativo mantenernos humildes y reconocer que nuestra propuesta, respaldada por la mayoría, aún no ha logrado aceptación en ciertos sectores de la población, y que por lo tanto es necesario seguir trabajando para lograr convencer, concertar y unificar lo más posible al país.
Tenemos que aceptar que tampoco somos los únicos portadores de esta propuesta de cambios revolucionarios. Nosotros apenas continuamos las marchas de tantas mujeres y hombres, indígenas, afroecuatorianos, cholos, montuvios, mestizos, jóvenes, estudiantes, trabajadores, campesinos, maestros, jubilados, emigrantes, ecologistas, amas de casa, empleados, profesionales, comunicadores sociales, artesanos, pescadores, artistas, investigadores, empresarios pequeños, medianos e incluso algunos grandes que han apostado por el país y su crecimiento.. Por lo tanto no podemos desconocer esta valiosa memoria acumulada en tantas jornadas de lucha popular.
Por su parte, los miembros de la minoría deben entender el nuevo momento histórico que vive el Ecuador. Deben, primero, asimilar que su propuesta no fue aceptada por la gran mayoría de la población, de quien deben ser dignos y justos representantes. Asimismo, la minoría debe reconocer que el pueblo ecuatoriano ha votado y reiterado su apoyo por una propuesta de cambio. Y no por un cambio abstracto y amorfo, no por reformas intrascendentes, sino por un cambio bien definido, que está en marcha desde el 15 de enero del 2007.
Todos y todas debemos hacernos un llamado diario por comprender la magnitud de este proceso; no podemos quedarnos cortos frente al encargo y la demanda del país. No podemos ser ciegos frente a las grandes injusticias y a las intensas luchas que nos han llevado hasta este momento.
La constitución como proyecto de vida en común
El reto que enfrenta la Asamblea Constituyente, nuestra Asamblea Constituyente, la del Ecuador, no es únicamente redactar una nueva Constitución. Debemos construir una nueva forma de hacer política, reconociendo el valor de la democracia en la voluntad de las mayorías, pero también en los derechos de representación de las minorías. Sólo con el concurso permanente de amplios sectores de la población podremos contribuir en el diseño de nuestra Constitución, entendida como un proyecto de vida en común. Un proyecto escrito ahora, pensando en el mañana. Un proyecto liberador y tolerante, sin prejuicios ni dogmas. Un proyecto que nos permita tener una vida equilibrada entre todos los individuos, y de la colectividad con la Naturaleza.
No nos olvidemos nunca que lo humano se realiza en comunidad. Y que la gestión del comportamiento humano, sustentado sobre todo en el accionar y en el poder de los ciudadanos y las ciudadanas, requiere de reglas clara para un buen gobierno, aquel que, como afirmó el Libertador Simón Bolívar en su célebre discurso ante el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1919, el día su instalación, es “el que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”.
Nuestro compromiso es con el país, con su gente, con el futuro. Eso nos obliga a acelerar el paso y a presentar propuestas de acción concreta en todos los aspectos relevantes para la vida humana. Con este esfuerzo queremos darle fuerza a la esperanza. El momento que perdamos la esperanza seremos las víctimas perfectas de nuestros perpetuos verdugos.
Volvamos a creer, no simplemente en un líder, no sólo en un movimiento o partido político, no en una alianza por más necesaria que sea, volvamos a creer en cada uno de nosotros y nosotras. Este pueblo maravilloso de gente buena, honesta, trabajadora, merece un mejor destino. La mayor riqueza que tenemos en Ecuador somos nosotros, la gente decidida, la gente unida. El futuro está en nuestras manos. Aquí estamos para construir la patria nueva. Aquí estamos para inaugurar nuestro futuro.
Sabemos de los problemas que durante décadas, durante ya cientos de años, el Ecuador arrastra; conocemos la crudeza de una realidad de inequidades de todo tipo; estamos concientes del tamaño de la responsabilidad que tenemos por delante; pero somos optimistas porque sabemos que no estamos solos… éste no es un proceso para 130 personas; millones de hombres y mujeres serán parte de esta construcción no sólo desde su esperanza sino desde su participación concreta, sus propuestas, su vigilancia, su compromiso para que los principios que queremos plasmar en un texto político sean también los que rijan nuestra vida cotidiana: somos optimistas y asumimos el reto que el pueblo del Ecuador nos ha encargado y hoy no sólo confirmamos ese compromiso frente al país entero, sino que invitamos a todos los que no están en Ciudad Alfaro a trabajar por la solidaridad, la justicia, las libertades y los derechos que queremos en nuestra Constitución pero también en nuestra vida cotidiana.
Asambleístas, la historia nos espera. No para escribirla ni para figurar en ella a posteriori, sino para hacerla ahora.
Muchas gracias.