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ÉTICA Y VALORES PARA UNA CULTURA DE LA HONESTIDAD (3)
Febrero 19, 2008 | Por: Fernando Vega |
Consideraciones Generales sobre los Valores
En la definición fenomenológica de la corrupción se ha evidenciado como su causa muy profunda la ausencia o la subversión de los valores en la conciencia de las personas y en su comportamiento personal y colectivo. De ahí que todo apunta a que la solución a los problemas de la corrupción pasa por el tema de los valores. Frente a una cultura de la corrupción es necesario impulsar una cultura basada en una ética de los valores y la transparencia.
El valor se define como una cualidad esencial del ser que hace que dicha entidad “sea lo que debe ser”. Esta coincidencia entre el ser y su deber ser es lo que le da valor, lo que hace que una cosa, una persona sea valiosa. Cuando la cosa o la persona carecen de esta cualidad deja de valer porque no responde a su esencia, porque ya no es lo que debe ser. La falta de valor desnaturaliza y corrompe al sujeto.
Cuando hablamos de las cosas el valor de las mismas se relaciona con su bondad, belleza y utilidad. Una silla vale cuando cumple su función para la que fue hecha, es decir sirve para que las personas se sienten; si la silla deja de cumplir con esta función deja de valer. Puede tener un valor agregado histórico o artístico que puede ser superior a su valor funcional; puede también perder su valor esencial conservando un valor residual para el reciclaje.
En el caso de los seres humanos, hablamos de valores humanos. Estos, en la lógica que utilizamos, hacen que los seres humanos valgan, es decir sean auténticamente humanos. Un ser humano con valores es un excelente ser humano. La carencia de valores así como la falta del reconocimiento de los valores en las personas deshumaniza, le quita humanidad reduciéndolo a condiciones de pura animalidad o cosa. Los valores humanos tienen que ver con la naturaleza personal y social de los seres humanos. Hemos dicho que una persona que posee valores es un excelente ser humano; así también una sociedad con valores asegura una excelente convivencia humana. La carencia de valores humanos degrada al individuo y a la sociedad.
A poco que se analicen las distintas clases de valores que pueden atribuirse a las cosas y a los seres humanos puede distinguirse que hay valores y valores, que unos valores son superiores a otros o que son previos a otros. Por ello suele hablarse de escala de valores. Esto implica también que los valores se desarrollan dentro de un proceso de crecimiento y perfeccionamiento. El ser humano en la medida que crece y se desarrolla va organizando sus valores prioritarios comenzando por aquellos que satisfacen sus necesidades más inmediatas de subsistencia: lo útil y lo placentero. Sin embargo, muy pronto aprende a posponer éstas urgencias para, mediante el sacrificio y el esfuerzo adquirir otros valores superiores que van elevándole a niveles superiores de conciencia y capacidad. Así el niño pospone el placer de jugar para esforzarse en el estudio.
Hemos insinuado que en la adquisición y construcción de los valores, hay valores que presuponen otros. Así por ejemplo la autonomía que es un valor de las personas y las sociedades adultas que presupone el haber adquirido previamente otros valores como son la disciplina, la libertad y la responsabilidad. Nadie puede ser autónomo si no es disciplinado, libre y responsable. Por otra parte los valores forman “familias” de valores que se refuerzan y se necesitan; por ejemplo en relación la “palabra” se relacionan algunos valores: la “fidelidad” que es mantener la palabra dada; la “veracidad” que es la adecuación de la palabra con los hechos; la “sinceridad” que es la adecuación de la palabra con los sentimientos; la “discreción” que regula la oportunidad del hablar o el callar.
De lo expuesto se deduce que la adquisición y el fortalecimiento de los valores estén íntimamente ligados a la educación y a la construcción de la cultura. Los valores se adquieren en el seno de la familia, luego en la escuela y más tarde en la sociedad y se fortalecen o se deterioran y se pierden. La apreciación y la adquisición de valores evolucionan en las personas y en las sociedades desde los más básicos e individuales hasta los más elevados y comunitarios. Esta evolución exige un proceso de trascendencia en el que las prioridades del individuo dan paso y se involucran en las prioridades de la comunidad. Así el yo personal pasa segundo plano para promover el desarrollo del otro y del “nosotros”.
Los sabios orientales describen el crecimiento de la conciencia y la espiritualidad de los seres humanos como un proceso de cuatro etapas: 1) Primero YO; 2) Yo y los demás; 3) Los demás y yo; y 4) Los DEMÁS. En este proceso la persona, que en las primeras etapas del proceso es eminentemente egocéntrica, poco a poco va descubriendo el valor de los demás y se va incorporando en un proyecto de felicidad común, para en las etapas más avanzadas del crecimiento y, la felicidad y la realización personal encuentra su plenitud en la felicidad de los otros en la que el yo individual parece ya no contar. El psicólogo Scott Peck define el “amor” como la capacidad de extender el yo para buscar el crecimiento y el desarrollo de los otros.
Los valores que tienen que ver con la organización y el ejercicio del poder en la sociedad son los más altos y exigentes ya que demandan la consecución del bien común. Un pontífice de la Iglesia Católica del siglo pasado afirmaba que “el amor político es el más alto y heroico de todos los amores” indicando que para servir a la comunidad se necesita un alto grado de entrega y generosidad personal. Cuando se ama a la patria, a la sociedad, a los demás, los intereses personales o de grupo quedan supeditados al bien más amplio y de la sociedad entera y se garantizan todos los demás valores necesarios para servirla.
En el mundo de la política y de la administración del Estado, además de la destreza y experiencia que los ciudadanos deben poner al servicio de la sociedad, necesitan estar dotados de aquellos valores que son indispensables para que este servicio sea constructivo y propenda a la consecución del bien común. De los políticos y servidores públicos se requiere la “probidad”, término que hace referencia a un cúmulo de valores adquiridos, mantenidos y probados a lo largo de una larga vida de ejercicio profesional. La probidad es pues la “honestidad” a toda prueba, pero es también la “integridad”, es decir serlo en todos los ámbitos de la vida.
Para ser “honesto” es necesario haberse entrenado en otros valores: hay que ser, por ejemplo “veraz”, “justo”, “confiable”, responsable”, “respetuoso”, etc. A falta de estas cualidades la honestidad no se puede improvisar. Sólo cuando la honestidad ha sido a puesta a prueba por la tentación se vuelve “proba”. El político o servidor probo no está en venta, no tiene precio, es incorruptible. Hay muchas personas que pasan por honestas hasta que tienen la oportunidad de venderse a un buen precio. La fidelidad a los valores requeridos por el servicio a la patria puede demandar entregar hasta la propia vida.
Cuando los valores se aprecian, se socializan y se reconocen como tales, estos se convierten en ética, en uso y costumbre, en modo de ser y hacer la convivencia. Cuando la sociedad se organiza estos valores se incorporan a las normas jurídicas porque son una patrimonio común que debe protegerse y acrecentarse: la libertad, la igualdad, la democracia, la tolerancia, son algunos de estos valores. La sociedad evoluciona llegando a construir formas cada vez más perfectas de convivencia.