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LA SOBERANIA DE DIOS
Abril 8, 2008 | Por: Fernando Vega |
En los debates sobre las relaciones Iglesia-Estado se suele invocar con frecuencia aquella frase célebre de Jesús: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Este refrán, sacado de su contexto, se utiliza para demandar la separación entre las realidades temporales y las divinas, y que de otra manera más popular puede expresarse con el “zapatero a tus zapatos”: los curas a la sacristía a sus asuntos espirituales y los laicos al poder político y económico. Me atrevo a decir que la religión es demasiado importante para dejársela solo a los curas, y que la economía y la política es demasiado vital para dejársela solo a los políticos y economistas.
Para mejor entender el célebre axioma de Jesús hay que restituirlo a su contexto histórico. Fuera de ese escenario, se presta a falsas interpretaciones. Hay que recordar que en los días de Jesús, Palestina estaba ocupada por el Imperio Romano. El pueblo de Israel tenía un alto sentido de la soberanía y de la independencia religiosa y política. Las guerras lideradas por los Macabeos habían conquistado frente a los griegos tanto la independencia política como religiosa, hasta que llegaron los romanos. Judas Galileo inició una nueva lucha contra la dominación romana. El Historiador Flavio Josefo, describe a este luchador como “un hombre amante de la libertad, que se negaba a pagar tributos al Imperio y solo reconocía la autoridad de Dios”. Como tantos luchadores, Judas murió a manos del Imperio.
En este contexto leamos lo que nos trasmite el Evangelio de Mateo en el capítulo 22, versículos del 15 al 22: “Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?» Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Dícenle: «Del César.» Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.» Al oír esto, quedaron maravillados, y dejándole, se fueron”.
Pagar impuestos, cosa que había que hacerlo con la moneda romana que llevaba la imagen acuñada del César, significaba aceptar el dominio de Roma. Los judíos nacionalistas se negaban a utilizar dicha moneda porque además de reconocer la presencia romana, significaba llevar en la bolsa la imagen de un gobernante que usurpaba la soberanía del Dios de Israel, y que por lo mismo constituía ya de por sí una apostasía y una blasfemia. Los patriotas judíos usaban la moneda nacional, el “shequel”, con la que hacían sus negocios y pagaban las ofrendas al templo. Por lo visto, Jesús no tenía en su faltriquera la moneda romana, puesto que pide que se la enseñen. Son los fariseos y los herodianos, estos últimos claros colaboracionistas y beneficiarios de la ocupación romana, quienes cargaban estas monedas blasfemas.
Ahora podemos entender mejor lo que está detrás del dicho de Jesús. Primero: Jesús rechaza la presencia dominadora de Roma y la imposición de monedas extrañas que, además, llevan impresa una imagen del emperador que tiene pretensiones divinas. Segundo: Jesús proclama la soberanía del Dios de Israel a quien el pueblo le debe fidelidad en virtud de la alianza: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Esta soberanía garantiza la libertad del pueblo judío. Tercero: implícitamente Jesús insinúa que los fariseos y herodianos han apostatado de su fe y que ya no pertenecen al pueblo, se han convertido en súbditos del imperio y como tales deben pagar el tributo en la moneda exigida.
Mutandis mutandi, en nuestros días, la polémica gira de alguna manera en torno al debate sobre si el dólar debe ir o no en la constitución. Quienes apuestan a un casamiento hasta la muerte con el dólar son los partidarios del Imperio, los que han renunciado definitivamente a la soberanía ecuatoriana, son los que a la hora del conflicto con Colombia se hacen eco de Bush y sus aliados uribistas. Quienes no son partidarios de este casamiento apuestan a la recuperación de la soberanía económica y monetaria dentro de un proyecto de integración latinoamericana. La no inclusión del dólar en el texto constitucional, por lo menos, deja una puerta abierta a un futuro de libertad y dignidad, porque en el momento hay que reconocer, que monetariamente y en otros aspectos, pagamos tributo al Imperio.