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‘En el Ecuador tenemos, al menos, 14 modos distintos de nombrar el mundo’
Diciembre 19, 2007 | Por: Tania Hermida |
Ponencia de Tania Hermida en el foro sobre Cine, Solidaridad y Diversidad Cultural celebrado en Valencia - España, el 18 de diciembre de 2007
Tema de la mesa: El cine, diálogo entre culturas. Los creadores y sus raíces. El territorio de la identidad cultural.
Que el mundo está compuesto por una infinita diversidad de culturas… eso es un hecho.
Que cada una de esas culturas tiene la posibilidad de dialogar con las demás en igualdad de condiciones… eso no es un hecho, es una utopía.
Que la brecha que existe entre las culturas hegemónicas y las que no lo son debe ser reducida para que los humanos tengamos alguna posibilidad de ampliar nuestros modos de entender el mundo y, con ello, de renovar nuestros recursos para la sobrevivencia material y espiritual, individual y colectiva… eso no es un hecho ni una utopía sino el gran desafío que tenemos para este siglo.
La diversidad cultural es un hecho que no se refleja en nuestro universo cotidiano. Lograr que se refleje en ese universo sería una gran conquista, un reto para quienes trabajamos en el espacio de “la cultura”… y esa conquista está lejos de ser alcanzada, sobretodo en el universo mediático del los entornos urbanos y ciber-urbanos en los que habitamos hoy.
Quizá sea importante empezar diciendo, ahora que estamos en una misma mesa con cineastas de Benin, Alemania, Ghana, Bélgica, India y Ecuador, que cuando hablamos de culturas no hablamos precisamente de países ni de continentes.
El hecho de que ahora se produzca cine en un país como Ecuador, por ejemplo, no quiere decir, necesariamente, que ese cine sea la expresión genuina de una cultura minoritaria que no haya estado hasta hoy en las pantallas… también podría ser, y en muchos casos lo es, un cine “ecuatoriano” que reproduce los cánones del cine dominante norteamericano y, por ello, no da cuenta de “otra” manera de ver el mundo… cuando es eso, precisamente, lo que las culturas diversas pueden aportarle a la comunidad humana: otras maneras de ver el mundo, de entenderlo y de estar en él.
Cuando hablamos de culturas, entonces, hablamos más bien de cada uno de los modos de “cultivo” material y espiritual que conforman el tejido de un país o un continente… porque cultura viene de “cultivo”, es decir, de aquello que un grupo humano guarda como práctica y como conocimiento ancestral, como herencia sobre qué es lo que vale la pena sembrar, hacer crecer y cosechar para la sobrevivencia individual y colectiva.
En Ecuador, por ejemplo (y este es un caso que se repite en muchos países latinoamericanos) existen 14 lenguas ancestrales vivas, lo cual nos permite pensar que contamos con al menos catorce modos distintos de nombrar el mundo… que serían, a su vez, catorce modos distintos de entenderlo y de estar en él.
Nuestro universo cotidiano, sin embargo, está lejos de reflejar esa diversidad. Lo que vemos y oímos en ese universo (mediático y mediatizado) está en gran parte determinado por los productos culturales de la industria hegemónica norteamericana (y quede claro que digo la industria “hegemónica”, la de los grandes estudios, porque en Norteamérica, como en cualquier otro continente, existen varias industrias en pugna).
El modo de ver el mundo al que estamos expuestos, entonces, como habitantes de las urbes y de las ciber-urbes que conforman la América Latina, es aquel que reproduce, hasta el infinito, los valores que la cultura hegemónica cultiva. Podríamos enumerar algunos para ejemplificar esto, a riesgo de ser simplistas: el éxito a cualquier precio, la vida reducida a un juego de ganadores y perdedores, el dinero como bien supremo, un sentido de la heroicidad en el que el triunfo está garantizado para quien usa la fuerza o tiene poderes que están por encima de los poderes humanos, en fin, la enumeración es aburrida porque todos (latinoamericanos, europeos, asiáticos, africanos y australianos) sabemos de lo que estoy hablando.
Por otro lado existen, en nuestras ciudades y ciber-ciudades, culturas de reciente formación, forjadas en los márgenes de los grandes circuitos y de los grandes discursos… esas culturas, que hoy reclaman un espacio, una voz, un lugar en las pantallas, son también nuevas maneras de ver y de estar en el mundo que seguramente necesitamos para comprender la complejidad del universo que habitamos.
Pero volvamos al título de este panel: “el cine, diálogo entre culturas”.
Tendremos que empezar por admitir que “el cine” es, de por sí, un territorio que impone unos límites para quienes quieren acceder a él: los límites de los costos de producción, los límites de la formación, los límites del acceso a la información, por enumerar sólo algunos… Frente a estos límites, la única vía de crear un verdadero acceso al “cine” paras las diversas manifestaciones culturales de un país atravesaría, necesariamente, por la democratización del acceso a la formación, la información y la producción… y garantizar esta democratización es una tarea que, en gran parte, le corresponde al Estado, no a las ONGs o a las las iniciativas privadas que, al final, tienen intereses propios que no son necesariamente “nacionales”. Es una tarea del Estado pues se trata de “servicios básicos” para la sobrevivencia de lo que somos o queremos ser como país.
Luego está el tema del “diálogo”. Para que esto exista es indispensable que haya reglas que amplíen las posibilidades de acceso a la diversidad dialogante de productos culturales del mundo… y aquí, otra vez, esas reglas tiene que ponerlas el Estado, no como sumo pontífice que impone normas, sino como canalizador de las necesidades genuinas de una ciudadanía que ha perdido, poco a poco, la capacidad de incidir en lo que sucede todos los días en la pantalla de su televisor o de sus salas de cine… porque el monólogo cultural al que estamos expuestos a través de los medios dominantes no puede ser equilibrado con iniciativas aisladas y esporádicas… tiene que ser equilibrado con iniciativas globales, fuertes y de consenso de amplios sectores.
En este sentido, entonces, permítanme ser prosaica y plantear que aquello que es indispensable para la sobrevivencia de un país (lo cultural tanto como lo energético o lo alimentario) debe estar sentado como base en las reglas del juego de ese país y, por tanto, debe estar explícitamente expresado en las Constituciones, como parte de las responsabilidades de ese ente que, aún y a pesar de todo, se ocupa de la vida de los “todos”: el Estado.
Para terminar quiero referirme al subtítulo de este panel: “los creadores y sus raíces”. Me interesa porque, en un país como Ecuador (e insisto en que esto se repite en muchos países de la América Latina) el tema de las raíces atraviesa nuestra reflexión sobre lo que somos: nuestro origen como sociedades.
Más allá de la definición simplista de “lo mestizo” como el resultado de la mezcla entre lo indígena y lo europeo, yo creo que “lo mestizo” es el territorio privilegiado para la creación, para la construcción y para la invención… justamente porque es un territorio de frontera. Estoy completamente en contra de las definiciones “fundamentalistas” que quieren ver en lo “mestizo” algo dado y pre-definido… He asumido mi condición de mestiza con todo lo que tiene de incertidumbres, de flexibilidad y de posibilidades de ser, siempre, otros y diferentes… sin esencias que nos limiten ni que puedan llevarnos a fundamentalismos inútiles…
En ese sentido, he asumido mi identidad como algo que está en constante transformación, en constante posibilidad de ser re-creada… tomo de mi herencia cultural aquello que me es más significativo, lo coloco en el centro de la reflexión y luego lo desplazo… mi ancestro cañari, inca, español… mi condición y deseo de ser “cuencana” de Ecuador… tengo un profundo apego por mi tierra, eso sí, por el paisaje en le que nací y que me define: los Andes Tropicales… pero, aún en ese sentido, creo que ellos me determinan tanto como yo a ellos, quiero decir que juntos nos dotamos de sentido… un poco de todo esto se puede ver en mi película (QUE TAN LEJOS) que yo siento como profundamente personal, profundamente ecuatoriana y, por eso mismo, universal y abierta a la lectura de cuanto ser humano esté abierto a leernos…
Porque la identidad, al igual que la tradición, se construye, se inventa y se re-inventa, excepto en esos tristísimos momentos en que dejamos que algún tirano decida por nosotros y nos diga, de antemano, quiénes somos ahora y para siempre, o en otros tristísimos tiempos (como el de ahora) en el que una industria intenta imponernos, de manera vertical, un modo único de ver el mundo en el que, de antemano también, está establecido quiénes somos y para qué.
Muchas gracias.